

A 43 años del regreso de la democracia, un repaso personal sobre el valor del Estado de derecho, el Juicio a las Juntas y la evolución de las ideas sin renunciar a los principios republicanos.

Ciertas celebraciones pertenecen a la historia; otras, además, forman parte de nuestra propia biografía. El 30 de octubre de 1983 fue una de esas fechas en las que la historia de un país se entrelaza para siempre con la de nuestras propias vidas. Me resulta imposible volver sobre aquel acontecimiento sin que, entre los pliegues de la memoria colectiva, asome también mi historia personal.
Hay momentos en que la vida de un país y la biografía personal se amalgaman de tal manera que resulta difícil distinguir dónde termina una y comienza la otra. El regreso de la democracia no es para mí solamente una fecha que merece ser recordada: es también el comienzo de una convicción, una vocación y un camino que sigo recorriendo.
La victoria de Raúl Alfonsín significó mucho más que el triunfo de la Unión Cívica Radical. Fue el regreso de la esperanza, la reivindicación de la Constitución y la certeza de que la democracia era el único camino posible para construir una República.
Alfonsín comprendió que la democracia no podía edificarse sobre el olvido ni sostenerse en la impunidad. Al impulsar el Juicio a las Juntas Militares, protagonizó una experiencia de extraordinaria singularidad histórica: una democracia que, apenas recuperada, sentó en el banquillo de los acusados a los máximos responsables de una dictadura militar, ante sus propios tribunales y con las garantías del Estado de derecho. Del mismo modo, la Justicia condenó a los principales líderes de la guerrilla de los años de plomo.
Aunque existían antecedentes internacionales de juzgamiento de crímenes de Estado, la experiencia argentina adquirió un carácter excepcional por haber sido promovida por un gobierno constitucional surgido de las urnas, sin tribunales internacionales ni una justicia impuesta por los vencedores. Alfonsín demostró que ningún poder, por más armas que empuñe, está por encima de la ley, y que ninguna razón de Estado puede justificar la violación de los derechos humanos.
Aquel juicio fue mucho más que un proceso judicial: fue una afirmación de la autoridad moral de las instituciones frente a la arbitrariedad del poder. Desde entonces, el Nunca Más se convirtió en un compromiso con la historia y con el porvenir: que jamás las armas sustituyan a las urnas, que nunca la fuerza se imponga sobre la Constitución y que ningún gobierno olvide que su legitimidad nace de la voluntad popular y encuentra su límite en la ley. Esa fue una de las enseñanzas más perdurables de Alfonsín: la democracia no se hereda ni se garantiza para siempre; se construye, se defiende y se honra cada día.
Siendo muy joven, Alfonsín despertó en mí la vocación por la acción política y la decisión de afiliarme al radicalismo. En su prédica encontré una concepción de la libertad, las instituciones y el Estado de derecho que marcó mi formación.
Fue Víctor Fayad, el querido Viti, quien me afilió y avaló mi incorporación a la UCR. Aquel gesto, que entonces representó una puerta de entrada a la militancia, terminó siendo también parte de mi historia personal y política.
Militar significaba, en aquellos años, asumir que las ideas debían traducirse en compromiso. La política no era simplemente una disputa por los cargos, sino una forma de intervenir en la realidad, defender principios y participar de la construcción colectiva. Con sus luces y sus sombras, aquella experiencia dejó una marca que el paso del tiempo no ha borrado ni borrará.
Sin embargo, las convicciones no deben confundirse con la inmovilidad intelectual. Con el tiempo, como suele ocurrir cuando las ideas se someten a la experiencia y a la reflexión, mi pensamiento fue evolucionando. El liberalismo político que aprendí de Alfonsín, fundado en la libertad, el pluralismo y los límites al poder, se fue complementando con una mayor convicción en la libertad económica, la iniciativa privada y la necesidad de reducir las trabas que impiden el desarrollo.
Comprendí que la libertad también se ejerce en la posibilidad de emprender, producir, invertir y elegir sin un Estado que convierta cada iniciativa en una carrera de obstáculos. Que la propiedad privada, la división de poderes, los pesos y contrapesos institucionales, la seguridad jurídica y la estabilidad de las reglas no son privilegios de unos pocos, sino condiciones necesarias para una sociedad capaz de generar oportunidades y prosperidad.
Pero esa evolución no supone abandonar el humanismo que debe inspirar toda política. El mercado es una herramienta extraordinaria e irremplazable para generar riqueza, pero no desplaza la responsabilidad individual ni el compromiso con quienes encuentran mayores dificultades para abrirse camino. La libertad sin responsabilidad puede convertirse en privilegio; el crecimiento sin sensibilidad social, en indiferencia. El desafío consiste en articular libertad, desarrollo y solidaridad sin sacrificar ninguno de esos valores en nombre de los otros.
Las ideas pueden cambiar, enriquecerse y encontrar nuevos caminos. Lo que no debería cambiar es el compromiso con la República, la probidad y la convicción de que el poder debe estar al servicio de los ciudadanos.
La democracia fue una conquista colectiva. Mi compromiso con ella, en cambio, tuvo también un comienzo íntimo y personal, que todavía recuerdo con gratitud.
Las convicciones pueden evolucionar. Lo importante es no dejar de pensar, de aprender y de defender la libertad. Las ideas deben estar siempre dispuestas a cambiar; los principios republicanos, en cambio, son las raíces que nos permiten hacerlo sin perder el rumbo: el suelo firme sobre el cual podemos movernos.
Quizás el legado más perdurable de Raúl Alfonsín sea haber demostrado que la democracia es mucho más que una forma de elegir gobiernos: es una manera de entender la vida, de reconocer al otro y de poner límites al poder. Dejó la certeza de que ninguna circunstancia justifica el abandono de la libertad, que la ley debe estar por encima de los hombres y que la República exige ciudadanos capaces de defenderla aun cuando las ideas nos separen. Su figura pertenece a la historia, pero su mensaje no tiene fecha de vencimiento.
Los dirigentes pasan, las mayorías cambian y las ideas evolucionan; lo que permanece es la necesidad de vivir en una sociedad donde nadie sea dueño del destino de los demás. Esa es, acaso, la herencia más profunda de Alfonsín: recordarnos que la democracia no se recibe de una vez y para siempre, sino que se construye y se defiende todos los días.

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