Prensa ; 20 septiembre, 2026 a 9:13 am

El autor describe al país vecino desde sus parámetros socioeconómicos y desde su historia y ecosistema político. Busca explicar por qué es una de las economías más estables y con potencial de Sudamérica.

Pocos pueblos sudamericanos cargan sobre sus espaldas una experiencia histórica tan dolorosa. La Guerra de la Triple Alianza dejó al Paraguay devastado, con una pérdida demográfica y material que marcó durante generaciones su identidad. Después vinieron períodos de inestabilidad, pobreza, aislamiento y una larga dictadura. Su posición geográfica, sin salida al mar y rodeado por dos gigantes como Brasil y la Argentina, tampoco parecía ofrecerle demasiadas ventajas.

Hace pocos días tuve la oportunidad de visitar Paraguay. Fui con la mirada de quien conoce al país desde la distancia, cargada inevitablemente de algunas imágenes tradicionales sobre su historia, su pobreza y su condición de nación pequeña y mediterránea. Pero me encontré con otra realidad. Conocí un Paraguay que me sorprendió: dinámico, ordenado, emprendedor y con una confianza en su propio futuro que merece ser observada.

La impresión del viajero se transformó rápidamente en una pregunta política-sociológica: ¿cómo hizo un pueblo que sufrió como pocos en nuestra historia regional para construir, en las últimas décadas, una economía que crece y una sociedad que parece haber encontrado un camino de estabilidad?

Sin embargo, algo está ocurriendo en Paraguay desde hace aproximadamente quince años que merece ser observado con atención.

El Paraguay de hoy ya no es aquel país que durante décadas aparecía en las estadísticas regionales como una economía periférica. Es una economía que crece, que atrae inversiones, que produce alimentos para el mundo, que desarrolla infraestructura, que aprovecha su energía abundante y barata y que ha logrado construir una estabilidad macroeconómica que contrasta fuertemente con las recurrentes crisis de sus vecinos.

No se trata de afirmar que Paraguay haya resuelto todos sus problemas. Sería una exageración y, sobre todo, una falsedad. Tiene desigualdad, pobreza, problemas institucionales, corrupción y enormes desafíos sociales y carencias en temáticas como educación y salud pública. Pero precisamente por eso su evolución resulta interesante: no es el resultado de haber partido de una situación privilegiada, sino de haber construido, paso a paso, determinadas condiciones para crecer.

La extraordinaria transformación de una economía pequeña

Uno de los mejores ejemplos es la agricultura.

Paraguay se convirtió en una potencia mundial de la soja. Produce alrededor de 11-12 millones de toneladas anuales, según las campañas y las condiciones climáticas, y se encuentra entre los principales productores y exportadores del planeta.

En términos comparativos, la diferencia con la Argentina es enorme. Nuestro país produce aproximadamente cuatro veces más soja, en el orden de las 48-50 millones de toneladas en una buena campaña. Sin embargo, Paraguay, con una población y un territorio mucho menores, tiene una participación extraordinariamente importante en el comercio internacional de la oleaginosa.

En determinados años se ubica como tercer exportador mundial de soja en grano, detrás de Brasil y Estados Unidos.

Aquí aparece además una particularidad que puede resultar paradójica para quien mira solamente las estadísticas de producción.

Paraguay puede exportar grandes volúmenes de soja y, al mismo tiempo, importar soja.

No hay contradicción.

La explicación está en su creciente industria aceitera y en la integración productiva regional. Paraguay exporta parte de su producción, pero también importa soja, fundamentalmente desde sus países vecinos, para completar el abastecimiento de sus plantas industriales y aprovechar su capacidad de procesamiento y comercialización.

La transformación paraguaya tampoco puede explicarse exclusivamente por la agricultura.

La energía es otro de sus grandes activos.

La generación hidroeléctrica de Itaipú, compartida con Brasil, le otorgó a Paraguay una disponibilidad energética extraordinaria. A ello se suma Yacyretá, compartida con la Argentina.

Esa energía abundante constituye una ventaja competitiva que el país ha comenzado a utilizar para atraer inversiones industriales, centros de datos, manufacturas y actividades que necesitan energía a costos competitivos.

También creció la ganadería, la industria frigorífica, la construcción, los servicios, la logística y el régimen de maquila -sistema que permite a empresas extranjeras instalarse en el país para producir bienes o prestar servicios destinados exclusivamente a la exportación- fiscalmente solo paga este sistema, un Tributo Único de Maquila del 1%

Ciudad del Este, Encarnación y, sobre todo, Asunción muestran una transformación urbana y económica que difícilmente podía imaginarse hace algunas décadas.

El fenómeno no es solamente estadístico. Se percibe en las calles, en la construcción, en el consumo, en la llegada de empresas y en la aparición -incipiente-de una nueva clase media.

La estabilidad como política de Estado

Hay, sin embargo, un elemento menos visible que las cosechas y las inversiones y que probablemente explique buena parte del fenómeno: la estabilidad.

Paraguay consiguió mantener durante años una política monetaria relativamente prudente y una disciplina fiscal mayor que la de buena parte de América Latina.

El guaraní, una de las monedas más antiguas de la región todavía en circulación, atravesó crisis y devaluaciones, pero Paraguay no vivió las sucesivas experiencias de hiperinflación, confiscaciones de depósitos, default y cambios abruptos de régimen monetario que marcaron a la Argentina.

Eso genera algo que puede parecer insignificante hasta que uno lo pierde: previsibilidad.

El empresario puede proyectar. El productor puede invertir. El ciudadano puede ahorrar en moneda local sin vivir permanentemente pendiente de una próxima confiscación o de un cambio radical de reglas.

Y aquí llegamos a otro punto que merece ser mirado con atención desde la Argentina: el sistema tributario.

Tres grandes impuestos nacionales

Paraguay tiene una estructura tributaria relativamente sencilla si se la compara con el laberinto argentino.

Los principales impuestos nacionales son el IVA, el Impuesto a la Renta Empresarial y el Impuesto a la Renta Personal. Paraguay no aplica retenciones a las exportaciones.

El IVA tiene una tasa general del 10%, mientras que la tributación sobre la renta también se caracteriza por tasas relativamente bajas no superiores al 10%

Por supuesto, Paraguay tiene otros gravámenes, aranceles y obligaciones fiscales. Y los municipios cobran sus propios impuestos y tasas: impuesto inmobiliario, patentes de vehículos, tasas por servicios, habilitaciones, construcción y otros conceptos vinculados con las competencias locales.

La diferencia verdaderamente relevante es que el núcleo del sistema impositivo nacional es mucho más simple, las tasas son relativamente bajas y la presión tributaria es considerablemente menor que la argentina.

¡La comparación debería hacernos pensar!

En la Argentina, una empresa puede tener que lidiar simultáneamente con IVA, Ganancias, Bienes Personales, impuestos internos, débitos y créditos bancarios, derechos de exportación, aportes y contribuciones, Ingresos Brutos provinciales, Sellos, tasas municipales y una interminable cantidad de regímenes de retención, percepción y recaudación.

No solamente pagamos mucho. Muchas veces ni siquiera sabemos exactamente cuánto estamos pagando. Cuando un sistema tributario necesita abogados, contadores y especialistas solamente para determinar cuánto debe pagar una pequeña o mediana empresa, algo está funcionando mal.

Una política menos dramática

Quizás la diferencia más interesante no esté en la economía sino en la política.

Paraguay tiene una larga tradición de predominio del Partido Colorado. Esto no debe ocultarse ni minimizarse. El coloradismo ha tenido una influencia extraordinaria en la vida política paraguaya y ha gobernado durante buena parte de la historia reciente.

Pero existe un fenómeno que resulta llamativo para un observador argentino: la política paraguaya suele tener un componente pragmático que permite negociar incluso entre adversarios.

No significa que no haya conflictos. Los hay. No significa que no exista corrupción. Existe. No significa que no haya disputas por el poder. Por supuesto que las hay.

Pero hay una diferencia de cultura política que conviene observar: el adversario no necesariamente es convertido en enemigo.

La derrota electoral no supone necesariamente la destrucción del vencido. Y la victoria no obliga necesariamente a refundar el país desde cero.

Esa lógica tiene un enorme valor económico, porque una sociedad en la que cada elección significa que todo puede cambiar genera incertidumbre. Una sociedad en la que el adversario sabe que mañana puede necesitar consensuar con quien hoy combate genera incentivos para construir acuerdos.

La política deja entonces de ser una guerra y vuelve a ser lo que debería ser: competencia por el poder dentro de reglas compartidas.

La gran diferencia con la Argentina

Quizá por eso la comparación con la Argentina resulte inevitable.

Tenemos más territorio, más población, más recursos naturales, más capacidad industrial, más universidades, más científicos, una extraordinaria producción agropecuaria, petróleo y gas, litio, minería, enormes reservas de agua y una posición geográfica privilegiada.

Tenemos, en términos potenciales, mucho más. Y sin embargo Paraguay ha conseguido algo que a nosotros nos cuesta enormemente: continuidad.

Continuidad de las reglas. Continuidad de una determinada orientación económica. Continuidad institucional. Continuidad monetaria. Continuidad en la relación con los inversores. Y, sobre todo, una menor tendencia a creer que cada gobierno debe destruir lo hecho por el anterior.

El problema argentino no es la falta de recursos. Tampoco es la falta de talento.

Es, en buena medida, nuestra dificultad para construir consensos básicos que sobrevivan a los gobiernos.

Un pueblo que aprendió de su historia

Tal vez haya una explicación más profunda. Los pueblos también aprenden de sus tragedias.

El Paraguay sufrió guerras, pobreza, autoritarismo y aislamiento. Quizás esa experiencia haya contribuido a desarrollar una cultura política menos inclinada a vivir permanentemente en el enfrentamiento.

Hay algo profundamente aleccionador en observar a un país que durante buena parte de su historia fue considerado uno de los más pobres de Sudamérica y que hoy aparece como una economía dinámica, estable y atractiva para la inversión.

No se trata de copiar a Paraguay. La Argentina no puede ni debe hacerlo. Tenemos otra escala, otra estructura productiva, otra historia institucional y otros desafíos.

Pero sí podemos observarlo.

Podemos preguntarnos por qué un país pequeño puede mantener una inflación similar a los países desarrollados en torno al 3/4 por ciento anual, y unas cuentas públicas ordenadas, simplificar su sistema tributario, atraer inversiones, desarrollar su producción agropecuaria y energética y, al mismo tiempo, mantener una competencia política en la que el adversario no necesariamente es tratado como un enemigo nacional.

La pregunta es especialmente importante en un momento en que la Argentina vuelve a discutir su modelo económico y su relación con el mundo.

La lección paraguaya

Quizá la lección más importante de Paraguay no esté en la soja. Ni en Itaipú. Ni siquiera en sus impuestos.

Está en la previsibilidad. Un país puede tener pocos recursos y prosperar si consigue generar confianza.

Puede tener muchos recursos y fracasar si los administra mal. Puede tener diferencias ideológicas profundas y, sin embargo, convivir. Y puede tener gobiernos de distinto signo sin que cada cambio electoral implique comenzar nuevamente la historia.

Paraguay no es un paraíso. Pero tampoco es ya aquel país pobre y olvidado que muchos argentinos recuerdan de otras épocas.

Es un país que creció. Y creció porque fue construyendo, durante años, algunas condiciones que parecen sencillas pero que son extraordinariamente difíciles de conseguir: estabilidad, reglas relativamente simples, baja presión tributaria, apertura comercial, aprovechamiento de sus ventajas naturales, disciplina macroeconómica y una política con suficiente pragmatismo como para entender que el adversario de hoy puede ser el interlocutor de mañana.

Quizás allí esté la verdadera enseñanza.

El desarrollo no es solamente producir más. Es conseguir que una sociedad tenga confianza en que mañana las reglas serán parecidas a las de hoy.

Y la política no es solamente ganar elecciones. Es conseguir que después de las elecciones siga existiendo un país en el que todos -los que ganaron y los que perdieron- puedan vivir, invertir, trabajar y volver a competir.

Paraguay, un pueblo que conoció la tragedia como pocos, parece haber descubierto algo que otras sociedades todavía no terminamos de aprender: que la prosperidad necesita estabilidad y que la democracia necesita adversarios, pero no enemigos.

Por: Sergio Bruni

Link permanente: Paraguay: cuando el adversario no es el enemigo

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