

Sergio Bruni

Vivimos tiempos en los que las etiquetas viajan más rápido que las ideas y los prejuicios llegan antes que los argumentos. Antes de comprender una idea, clasificamos a quien la expresa. Antes de debatir un concepto, decidimos si pertenece al universo de «los nuestros» o de «los otros». El pensamiento ha cedido terreno a la simplificación, y la complejidad de la realidad ha sido reducida a un repertorio cada vez más pobre de rótulos, consignas y fórmulas repetidas.
El episodio racista, protagonizado días atrás por la vicegobernadora Hebe Casado además de constituir un problema en sí mismo; es apenas el síntoma más reciente de una enfermedad intelectual mucho más profunda.
El problema tampoco es únicamente intelectual. También es político. Y, en ocasiones, institucional y diplomático. Cuando una sociedad se acostumbra a pensar en términos de slogans, deja de discutir contenidos y empieza a discutir pertenencias. Ya no importa tanto qué se dice, sino desde dónde se dice, a quién incomoda o a qué tribu parece favorecer. El resultado es un debate empobrecido, donde la identidad pesa más que la razón y donde la reacción inmediata sustituye a la reflexión.
Las palabras dejan de describir la realidad para convertirse en armas destinadas a desacreditar al adversario. Se las pronuncia como si fueran diagnósticos definitivos, cuando en verdad suelen ser apenas atajos retóricos. Y un atajo, en política, casi siempre termina siendo una forma de extravío. Cuando las etiquetas sustituyen al análisis, la política deja de ser un espacio de deliberación para convertirse en una competencia de descalificaciones.
Ese fenómeno no es nuevo, pero sí se ha intensificado. Las redes sociales, la lógica de la inmediatez y la necesidad permanente de producir impacto han favorecido una cultura del juicio rápido. Hoy se opina antes de comprender, se condena antes de preguntar y se comparte antes de verificar. La velocidad del intercambio público ha reducido el tiempo disponible para la matización, y sin matices no hay pensamiento serio posible. Todo se vuelve binario: correcto o incorrecto, progresista o reaccionario, moderno o atrasado, amigo o enemigo. En ese esquema, la realidad pierde espesor y la conversación pública se vuelve cada vez más superficial.
Las consecuencias de esa superficialidad no son meramente académicas. Pueden producir costos políticos concretos e incluso derivaciones diplomáticas. Una expresión imprudente, una categoría mal utilizada o una simplificación excesiva pueden generar tensiones innecesarias, erosionar vínculos institucionales y obligar a aclaraciones que podrían haberse evitado con un mínimo de precisión conceptual. En política exterior, donde cada palabra cuenta, la ligereza suele pagarse caro.
La controversia generada por las declaraciones claramente xenófobas, de la vicegobernadora de Mendoza, Hebe Casado, sobre la selección de futbol de Francia, puso de manifiesto cómo el uso temerario de ciertas expresiones, puede desencadenar conflictos completamente innecesarios.
Quienes sostienen que la lógica de las redes sociales obliga a decir cualquier cosa para captar atención confunden visibilidad con liderazgo. No es imposible ejercer la prudencia en tiempos de viralidad. La mejor prueba la ofrece la Scaloneta. Durante todo el proceso que condujo a la selección argentina a conquistar la Copa América, el Mundial de Qatar y llegar a las finales ahora, Lionel Messi, Lionel Scaloni y el resto del plantel evitaron las declaraciones estridentes, las provocaciones y las frases diseñadas para convertirse en tendencia. Hablaron cuando era necesario, midieron sus palabras y dejaron que los resultados hablaran por ellos. Esa actitud demuestra que la prudencia no resta liderazgo; por el contrario, lo fortalece. La humildad para reconocer los límites propios y el control de los egos desmesurados son lecciones que algunos dirigentes todavía tienen pendientes.
Quizá el gran desafío de nuestra época sea volver a colocar el pensamiento antes que la palabra y la responsabilidad antes que el impulso de obtener unos minutos de notoriedad.
El episodio alcanzó tal dimensión que el propio gobernador Cornejo, atinadamente, debió comunicar oficialmente a la Embajada de Francia que esas expresiones no representaban la posición institucional del Gobierno de Mendoza. El gobernador tuvo que actuar como ese padre que sale a pagar los platos rotos por las imprudencias de un hijo adolescente.
El episodio debería invitar a una reflexión más profunda. En las relaciones internacionales, las palabras nunca son inocentes. Un funcionario no habla únicamente a título personal: sus expresiones pueden ser interpretadas como la voz de una institución.
No se trata de exigir silencio ni de imponer uniformidad, sino de recordar que la libertad de expresión no exime de la obligación de ejercer la prudencia antes de opinar, especialmente cuando se ocupa un cargo público.
Además, el problema de las etiquetas no consiste únicamente en que simplifican; consiste en que deforman. En toda sociedad conviven tradiciones, tensiones, corrientes culturales, disputas históricas, intereses económicos y sensibilidades diversas. Pretender resumir todo eso en una sola palabra no solo es intelectualmente pobre: también es políticamente irresponsable.
La misma lógica se repite en el debate interno. Se etiqueta a un dirigente para evitar discutir sus propuestas. Se etiqueta a un adversario para no reconocer que puede tener razón en algún punto. Así, el lenguaje se vuelve un mecanismo de clausura en lugar de una herramienta de comprensión. Y cuando el lenguaje se degrada, también se degrada la calidad de la democracia. Porque una democracia sana no necesita unanimidad, pero sí necesita ciudadanos y dirigentes capaces de argumentar con honestidad y de escuchar sin prejuicios.
Karl Popper sostenía que el progreso del conocimiento comienza cuando aceptamos que podemos estar equivocados. La política debería recuperar esa humildad intelectual. Porque quien cree que un slogan alcanza para explicar la realidad deja de escuchar, deja de aprender y termina confundiendo consignas con argumentos.
También conviene recordar que las etiquetas no solo simplifican al otro: muchas veces simplifican a quien las usa. Quien se acostumbra a pensar en términos de rótulos termina empobreciendo su propio juicio.
La democracia necesita dirigentes con convicciones, pero también con formación sólida. Y el debate público requiere menos eslóganes y más ideas. No se trata de renunciar a las diferencias ni de disolver los conflictos en una falsa armonía. Se trata, más bien, de elevar el nivel de la discusión para que las diferencias puedan expresarse sin caer en la caricatura del adversario.
En tiempos de reacciones instantáneas, quizá el verdadero desafío sea recuperar una vieja virtud: pensar antes de hablar. Un posteo en redes sociales puede convertirte en una celebridad de un día para otro. Pero también puede convertirse en el epitafio de una carrera política.
Y en un mundo cada vez más interconectado, donde una frase puede cruzar fronteras en segundos, pensar con precisión ya no es un lujo intelectual: es una necesidad democrática.

Por Sergio Bruni
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