

El fin de semana pasado, en ésta misma columna, escribí desde la Ciudad de Washington (invitado como observador internacional), sobre los momentos previos a las elecciones presidenciales en los Estados Unidos de Norteamérica.
No deja de sorprenderme la naturalidad con la que los ciudadanos viven el proceso electoral. Sin estridencias, poca publicidad callejera, sin abandonar sus trabajos, sin veda electoral, pero expectantes del desarrollo y especialmente de su resultado.
A pesar de la voluntariedad del voto, millones de ciudadanos se movilizaron en completo orden. Aunque se generaron largas colas, se expresaron en las urnas soportando el frío, que en algunos Estados fue muy crudo. Un toque de atención de los electores a sus autoridades, en un país desarrollado, la primera potencia mundial, no puede un elector demorarse hasta cuatro horas para emitir su sufragio.
Voto electrónico, voto en papel, voto adelantado, características de una elección singular, donde los Estados, por su gran federalismo, determinan cada uno su modalidad específica. Consulta en distintas jurisdicciones, ciento setenta y ocho propuestas vinculantes repartidas en treinta y ocho Estados, más el Distrito de Columbia, con asuntos dispares como bodas gays, aborto, legalización de la marihuana o eutanasia, endurecimiento de las condiciones para los inmigrantes irregulares, el derecho a la caza y a la pesca, y hasta los sueldos de los políticos.
El federalismo también se expresa en el colegio electoral, donde son los Estados quienes terminan eligiendo al nuevo Presidente, a través de delegados elegidos por el voto popular, sistema que en nuestro país abandonamos con la reforma constitucional de 1994.
En medio de este escenario el huracán Sandy alteró la campaña. Esto le permitió al Presidente, mostrarse como un líder en la tormenta, poniéndose al frente de la ayuda humanitaria y de la resolución de los efectos de éste accidente climático. Quizá ésta actitud le permitió a Obama terminar de afianzar su victoria.
Pasadas las elecciones y ya encontrándome en Mendoza, distintas personas, amigos y conocidos, me han formulado las mismas preguntas ¿Cuál es la visión que desde los EEUU se tiene de Latinoamérica y en particular de la Argentina? ¿Qué implicancias tiene para la región la victoria de Barack Obama? ¿Qué diferencias hubieran existido de haber triunfado el candidato republicano Mitt Romney?.
Analizando la historia, puedo afirmar que a partir del afianzamiento en su carácter de potencia mundial, la relación entre los EEUU y América Latina ha tenido distintas facetas y estadíos.
América latina y la Argentina deben tener claro que para la política exterior de los EE.UU la doctrina Monroe sigue vigente: “América para los americanos”, rezaba en 1823 el Presidente James Monroe cuando este país comenzaban a instalarse como potencia mundial. Esa frase fue objeto de múltiples interpretaciones de acuerdo con los escenarios que se sucedían en el continente. Con la engañosa intención de salvaguardar a las recién creadas naciones, Estados Unidos en realidad se reservaba el derecho de intervenir en cualquier país americano conforme a sus conveniencias económicas y políticas, y en contra de las potencias europeas. Pronto dejaría ver esas intenciones.
En 1836 Texas declaró su independencia del Estado mexicano. Sin embargo, el objetivo principal de los líderes tejanos no era la independencia en su real sentido, sino para la anexión a Estados Unidos, cuestión aprobada finalmente en 1845, motivo por el cual México terminó rompiendo relaciones con EE.UU. La guerra fue un hecho y el resultado previsible, pues todos sabemos en manos de quién se encuentra el territorio texano.
Más adelante, en plena Guerra Fría, los EEUU intentaron por todas las vías mantener al continente incólume ante el avance del comunismo en el planeta. En ese marco, el Presidente Kennedy lanzó su “Alianza para el progreso”, intentando colocar una valla infranqueable para las ideas de Marx y Lenin, en una América Latina con altos niveles de pobreza, desindustrializada y con muy poco desarrollo.
Esa propuesta no logró seducir a todo el continente. Sus efectos fueron bastante escasos, diluyéndose finalmente con la muerte del Presidente Kennedy, no sin antes sucederse la “Crisis de los Misiles” en la Cuba de Castro, quien iba a protagonizar uno de los hechos que colocaron al mundo al borde de la guerra nuclear. Cuba se convierte en satélite de la URSS, un enclave en medio del continente americano que intenta armar Moscú con misiles nucleares. Desde la OEA por presiones norteamericanas, se impone un bloqueo marítimo a la isla, y las instalaciones militares no terminan de realizarse. Termina la crisis con el retiro de la base misilística, y el compromiso de no invadir Cuba por parte de los EEUU.
En los sesenta y setenta EEUU, siembra la “Doctrina de la Seguridad Nacional”, apuntalando y estimulando procesos dictatoriales en América Central y Sud América. De esta manera se produjo un respaldo político, ideológico y económico a gobiernos totalitarios, basados en el poder militar, apoyados por las élites terratenientes y gerentes de las corporaciones nacionales y multinacionales. Muerte tortura y desaparición forzada de las personas identificadas como opositoras, fue el resultado de su aplicación, con un corolario económico social de importantes magnitudes, acentuando la pobreza, la marginalidad y la concentración de la riqueza.
Por su parte, cuando la Argentina denunció ante la OEA la aplicación del TIAR (Tratado de Interamericano de Asistencia Recíproca), la prontitud y ejecutividad norteamericana no se registró. El conflicto armado en Malvinas, frente a la potencia aliada de los americanos del norte, Inglaterra, corrió por otros carriles, no fue “América para los americanos”, ya que primaron los intereses extracontinentales de la potencia mundial.
Con el incipiente proceso democrático, fue Raúl Alfonsín quien tuvo que padecer la incomprensión del gobierno republicano de Ronald Reagan y del Fondo Monetario Internacional, cuando la Argentina solicitaba a los acreedores mejores condiciones en los pagos de los vencimientos de la deuda, a fin de estabilizar la economía y crecer para poder enfrentar la cancelación de los mismos.
A finales de la década de los ochenta, desde la Casa Blanca se impusieron varias políticas económicas. Al programa se lo denominó el Consenso de Washington, que incluía privatizaciones, reducción a raja tabla del déficit fiscal, apertura de la economía, liberación del mercado financiero, desregulación de la economía. Sus efectos, fueron conocidos: pérdida y precarización del empleos, nuevos y altos índices de pobreza y desindustrialización, factores que poco a poco parecen convertirse en un claro denominador común.
Hoy en día, en el año 2012, Obama acaba de ser reelecto. Los Estados Unidos de Norteamérica tratan de salir de un proceso de reducción de su fuerza de trabajo, de una década signada por la Guerra del Golfo y otros conflictos políticos, militares y económicos. Los analistas no dudan en reconocer la reelevancia del voto latino en éstas elecciones. No es para menos, ya que le permitieron hacerse de dos Estados estratégicos, La Florida y California, con veintinueve y cincuenta y cinco electores respectivamente.
Sin embargo, aquellos mismos analistas, tampoco dudan en afirmar que la importancia de América Latina en la política Internacional del nuevo mandato del Presidente Obama no es significativa. Tampoco lo hubiera sido de haber ganado el candidato Romney. Su interés se reduce a la extensa frontera con México, para frenar el narcotráfico y los inmigrantes ilegales, y a Colombia para reducir las bandas armadas que trafican la cocaína que consumen a diario millones de ciudadanos norteamericanos.
A los EEUU les interesa China, india y en menor medida la Eurozona. En cuanto a los latinos, su importancia la poseen dentro de los EEUU, ya no fuera de sus fronteras. Así, el castellano es el segundo idioma y los hispanos han pasado a ser la primera etnia en importancia, superando a los afroamericanos.
La determinación de varios países de la región, entre ellos la Argentina, de no integrar el ALCA seguramente influyó para restarle importancia dentro de la política internacional de los EEUU. Nuestro proyecto es otro, consolidar el proceso de integración que comenzara el Presidente Alfonsín y el Presidente Sarney en los ochenta con la creación del Mercosur y que más recientemente se extendiera al Unasur.
En definitiva y como dijimos, hoy la doctrina Monroe sigue tan vigente como en 1823 “América para los americanos”, aunque en realidad debería haber sentenciado…..»América para los americanos del Norte «.
Sergio Bruni, abogado, Pte. Instituto de Políticas Públicas (UCR)
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